Hay obras que crean a los actores y hay actores que hacen a la obra. El minuto del payaso y Luis Bermejo, sin embargo, son un tándem perfecto. Ese fenómeno extraño que pasa muy de vez en cuando, en el que actor y obra —obra y actor— no se conciben la una sin la otra; una simbiosis perfectamente ensamblada que hace vibrar al que se sienta en la butaca.

Amaro es un payaso que aguarda su turno para actuar en el Festival de homenaje al circo. Además ha venido un productor de la tele que le va a proponer que vaya a la televisión a hacer su número; todos los días el mismo, a la misma hora y en el mismo lugar. En su solitaria espera, repasa y revive los pasajes de su historia, esa que lo ha llevado a ese lugar; a ser quien
es. En su análisis reflexiona sobre la pérdida, el riesgo, la aventura, el viaje… ¿Dónde se queda la sorpresa y la improvisación?

Bermejo gira y gira sus recursos a una velocidad endiablada para dar piel y voz a un payaso que se dibuja por momentos nervioso, desasosegado, desequilibrado… y por momentos un payaso de corazón, de risa en forma de poesía y de humor en clave de rebeldía.

Su director, Fernando Soto ha sabido resolver el intenso carrusel de emociones de esta historia de la payasada y de la vida de su melancólico protagonista a través de un monólogo de risa y rabia. La formidable dirección, junto con la iluminación subjetiva de Eduardo Vizuete y el perfecto y estudiado espacio escénico de Mónica Boromello, resuelven una trama perfectamente construida marcando sutilmente tiempos y transiciones.